Amar
a cristo y hacerle amar;
Conocerle y darle a
conocer,
Adorarle en
verdad
y hacerle adorar
QUIÉNES SOMOS
CONGREGACIÓN FUNDADA EN EL SIGLO XIX POR EMILIA D‘OULTREMONT,

Estamos presentes en 23 países del mundo, en tres continentes Europa, América, África y las Islas.

En el corazón de la Iglesia católica, queremos estar al servicio de Dios y de nuestros hermanos, especialmente los más pobres, por medio de la oración, el acompañamiento, la catequesis, los ejercicios, y todas las formas de presencia y de compromiso que ayuden al crecimiento de las personas de manera integral. La unidad de nuestras comunidades se realiza entorno a la Eucaristía celebrada, adorada y vivida cotidianamente.

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola son para nosotras escuela de vida espiritual y de discernimiento para la misión.

Una vocación que se puede vivir en comunidad o como laic@s o asociad@s.

La espiritualidad de las Hermanas reparadores es ignaciana debido al gran amor que la madre fundadora sentía por san Ignacio de Loyola al que consideraba su padre espiritual. Esa misma espiritualidad sigue viva hoy en nuestras Hermanas cuyo lema es "ser María para Jesús".
NUESTRA FUNDADORA
EMILIA D‘OULTREMONT
(VIUDA DE VICTOR D‘HOOGHVORST)

La Congregación de las Hermanas de María Reparadora fue fundada por Emilia d'Oultremont (viuda de Victor d'Hooghvorst).

San Ignacio de Loyola y su espiritualidad fueron para ella una fuente de inspiración. Emilia d'Oultremont, fue religiosa con el nombre de Madre María de Jesús; también sus hijas se hicieron religiosas: Madre María de San Víctor (Olympe) y Madre María de Santa Juliana (Marguerite). A los 29 años, Emilia se encuentra viuda y con cuatro niños, entre los 2 y los 9 años, que ella educa con amor. Pero el deseo de pertenecer totalmente a Jesús se apodera más y más de su corazón. En los cuatro años siguientes a la muerte de su marido, fallecen también sus padres. En este momento decide poner a sus hijos en un colegio en Francia y ella con sus hijas hace las gestiones necesarias para establecerse en París; en 1854 sale definitivamente de Bélgica, distanciándose así de su familia. Pero antes de su marcha, una de sus tías le invita a su castillo de Bauffe. Allí le esperaba Dios.

Desde el principio, Emilia, rodeada de jóvenes de distintas nacionalidades y ayudada por varios Jesuitas comienza una experiencia de vida religiosa.
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